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chuquisaca

31/10/2007 GMT 1

Los grandes del siglo XX

chuquisaca @ 20:26
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 CABEZA DE INDIA
REFLEXION
La obra de Camilo Egas (Quito, 1889 - Nueva York, 1962) es un transcurrir entre un centro y otro de hondas conmociones sensoriales, en cuyo vértice, la pintura se torna un 'corpus' viviente de un ejercicio no solo de pensamiento y acción, sino de una conciencia escrupulosa (ética), ávida e interesada, de una concentración incesante.
Los principios
¿Fue Egas un pintor seducido por esa corriente de creadores y estetas 'decadentes' de fines del siglo diecinueve y comienzos del veinte? ¿Le perturbaron, en su juventud, los irredentos problemas de nuestro indigenismo y por allí accedió a su adhesión con las causas de los desvalidos de la tierra? ¿Esa posición frente a su arte ­a la vida­ contribuyó a amainar su evidente y secular temperamento depresivo? Las dos cosas. Egas estuvo inmerso de lleno en los movimientos intelectuales de la época. Fue el principal mentor de la revista Hélice ­hecho más bien raro entre artistas pintores­ y en ella se convocaron los jóvenes escritores más lúcidos que mejor representaban la vanguardia: Raúl Andrade, Gonzalo Escudero, Pablo Palacio, Jorge Reyes Conoció a Henri Michaux. En México entrañó amistad con Orozco (trabajó mural con él).

Alfredo Pareja Diezcanseco da fe del 'humor' de Camilo Egas; pero otro testigo de esa época, que no ha querido ser nombrado en esta aproximación a vida y obra del maestro, añade que ese humor fue corrosivo, ácido, letal, como emergido de una fibra íntima atormentada y convulsa. Como quiera que fuese, Camilo Egas es, por donde se lo mire, un adelantado de su tiempo. A contrapelo de los artistas de su generación (costumbristas y religiosos), no fue víctima de nuestro atraso histórico, mal endémico del Ecuador y una de las causas determinantes para que no hayamos cuajado como nación.

Su entrega artística al indio como tema axial de su obra; su testificación descarnada y única del desarraigo de los seres humanos ­que buscan sin encontrar­ mejores opciones de vida en otros lugares, abdicando de su núcleo vital (su histórica La Calle 14, 1937), la recreación del pavoroso vacío del sistema imperialista norteamericano (sus cuadros alusivos al 'maquinismo' de que habla Feldeer), y su patético rastreo en los límites de la vida (sus últimas series), lo convirtieron en uno de los creadores más importantes del siglo veinte. Exploración y hallazgo: el proyecto de su vida y su arte, trazado a pulso por su lúcida inteligencia y su espíritu abrasador, vertebra una maniobra pendular entre la partida y el retorno, llevando como legado irrenunciable su americanismo. La condición final de este artista fue que siempre estuvo poblado por nuestro país y, como resultante de esta esencia inviolable, construyó una obra auténticamente americana, al margen, si se quiere, de los recursos plásticos que requirió para la traducción creativa de esa invención
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